En La Línea el verano no se acaba en septiembre. Una botella que sale perfecta de la tienda puede llegar cansada a la copa si pasa una semana junto a la ventana de la cocina. No hace falta una bodega ni una nevera de vinos: con cinco gestos basta.
1. Lejos de la luz y de la cocina
El calor y la luz directa son los dos enemigos del vino. El sitio ideal es un armario interior, un trastero o el fondo de un mueble: oscuro, sin vibraciones y lejos del horno y del lavavajillas. La temperatura perfecta ronda los 12 a 16 grados, pero lo que más daña no es el calor en sí, sino los cambios bruscos entre el día y la noche.
2. Tumbada si lleva corcho
Una botella con corcho natural se guarda tumbada para que el corcho siga húmedo y no deje entrar aire. Si lleva tapón de rosca o va a abrirse en las próximas semanas, de pie también vale.
3. Los blancos y rosados, fríos solo al servir
No hace falta tenerlos meses en el frigorífico. Guárdalos con los tintos y mételos en la nevera dos o tres horas antes de abrirlos. Un blanco joven se sirve entre 8 y 10 grados; una manzanilla o un fino, bien fríos, entre 6 y 8.
4. Los tintos, un poco más frescos de lo que crees
«Temperatura ambiente» se escribió en otro clima. Un tinto a 26 grados de salón se siente pesado y alcohólico. Veinte minutos en la nevera antes de servirlo lo dejan en los 16 a 18 grados que piden un crianza de Rioja o un tinto de la Tierra de Cádiz.
5. Una vez abierta, tapón y nevera
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Un vino abierto aguanta tres o cuatro días en la nevera con su tapón, también el tinto. Sácalo un rato antes de volver a servirlo. Los generosos abiertos duran más: una manzanilla, una o dos semanas en frío; un oloroso, varias.
Si tienes dudas con una botella concreta, pásate por la tienda en la calle Jardines o escríbenos: te decimos cuándo abrirla y con qué.